El uso de los venenos es tan antiguo como la Humanidad. Ya algunos descubrimientos han demostrado que nuestros antepasados más lejanos idearon la manera de incorporar en sus herramientas y armas alguna sustancia que permitiera hacer más efectiva la caza (o seguramente el enfrentamiento con algún enemigo). Esto se logró determinar por la aparición de ranuras o pequeños orificios

en los utensilios mencionados. Y siendo la especie humana un ejemplo de constante evolución, también con ella evolucionaron los usos de venenos, sea para aplicarse como parte de una sentencia de muerte, o como mecanismo altamente discreto para eliminar a los enemigos más cercanos. Es de imaginar que una vez que las personas se dieron cuenta que algo podía matarlas sin

manifestarse demasiados signos exteriores, el instinto de supervivencia entró en acción. Es así que aparece un personaje llamado Mitrídates, rey del Ponto, quien alrededor del siglo I a.C., ejecutó una serie de eventos de prueba/ error (por cierto, envenenamientos inducidos a sus enemigos), y cuyo resultado lo llevó a descubrir una suerte de antídoto al que llamó “Mithridatium”, que contenía un sinnúmero de plantas, zumos,

extractos de cortezas de árboles entre otros, y que fuera llevado a Roma para posteriormente ser traducida al latín y estudiada por sus científicos, especialmente Plinio el Joven. Ya son históricamente conocidos y comprobados los casos de muerte por envenenamiento del emperador Claudio, presuntamente ejecutado por su esposa Agripina, y que diera lugar al ascenso al trono de Nerón, quien también sentía afición por

el uso de venenos para silenciar a sus enemigos y familiares cercanos (cuando veía en ellos aspiraciones imperiales), principalmente cianuro. Sobre esta misma época, es conocida la historia de Cleopatra VII, última gobernante de la Dinastía Ptolemaica, quien al parecer se suicidó provocándose la muerte con la mordedura de un áspid, llamada también cobra egipcia. Lo cierto es que nunca se pudo demostrar la causa de la muerte, pero quedará siempre en el imaginario popular esta historia con sabor a leyenda. De manera intencional hemos cometido un anacronismo para concluir este artículo con el más famoso de los casos de muerte por envenenamiento de la Historia Antigua. Sócrates (470 a.C. – 399 a.C.), sin duda uno de los más grandes de la Historia del pensamiento humano, cuenta la historia que fue condenado a muerte por el Tribunal de Atenas, dada su oposición a la tiranía de Critias. Es así que se elige una planta de la familia de las apiáceas llamada cicuta (Conium maculatum), y que debido a su alto contenido de coniína, un alcaloide piperidínico, es letal en dosis altas. Se trata de una neurotoxina que ataca el Sistema Nervioso Central y que produce, en concordancia con su nombre, un fenómeno denominado “cicutismo”. La historia, que la conocemos a través de sus discípulos

más renombrados como Platón y Jenofonte (aunque hemos de mencionar que ninguno estuvo presente en la ejecución), nos cuenta que habiéndose bebido una copa con el líquido extraído de la raíz de la planta “su vida se apagó con una pasmosa serenidad mientras disertaba sobre la inmortalidad del alma”. Investigaciones posteriores determinarán que la muerte por ingesta de cicuta es terriblemente dolorosa; al provocar la excitación del Sistema Nervioso Central, surgen temblores, neuralgias, alucinaciones y convulsiones, para posteriormente generar la parálisis de los músculos respiratorios que conllevan a la muerte por

asfixia. Es por ello que se pondrán en duda los testimonios de los discípulos de Sócrates presentes en el momento de su ejecución, y que Platón posteriormente recopiló en algunos de sus Diálogos, principalmente el Fedón. Ya irán apareciendo versiones que harán mención a una mezcla de cicuta y opio, para de esta manera mantener la versión de una “muerte dulce”. Lo cierto es que siempre será difícil determinar el nivel de dolor o agonía de aquellos personajes muertos por envenenamiento, dado que se hace evidente que su final nos impedirá conocer su sintomatología.