Cuando el control de plagas en el medio urbano empezó como una actividad productiva, se aprovechó la experiencia de la eliminación de insectos, plantas u otros que representaban un daño a los bienes del ser humano. Muchos afirman que el control de plagas es un “negocio muy noble”, eso lo hace atractivo y por eso cada vez más gente lo adopta como fuente de ingresos, con o sin autorización o licencia por parte de las autoridades sanitarias, con o sin preparación técnico o comercial, con o sin organización. Esto genera a su vez que el mercado sea cada vez más competitivo, generalmente por precio, lo que resulta en el detrimento de la imagen del gremio y su rentabilidad.

Por su parte, los posibles clientes de las compañías de control de plagas son cada vez más exigentes, ya sea por presiones regulatorias o normativas, o sea por mayor exigencia por resultados enfocados en los beneficios reales del servicio más que por sólo matar plagas. Es una máxima bien conocida aquella que dice “conocimiento es poder” (Scientia potentia est). Se lee fácil, pero esto es cierto según sea la calidad del conocimiento y el poder que se busca. No cabe duda que una de las mejores inversiones será siempre la capacitación. Para ello es necesario entender lo que es realmente capacitar, qué significa el hacer capaz a alguien de desarrollar una labor o función.

En las paredes de las oficinas podemos ver un sinnúmero de constancias de asistencia a pláticas sobre los mismos temas: control de roedores, control de cucarachas, control de moscas, etc. La misma o similar información una y otra vez, sólo cambiando el producto recomendado en cada caso. Resulta contradictorio o ilógico que estos cursos sean tomados en muchas ocasiones por el propietario o director de la empresa, pocos por los técnicos, bajo el principio aún arraigado de que “no capacito a mi personal, pues estaría capacitando a mi próxima competencia”. En estos casos es otra mala interpretación de la frase de Francis Bacon, al suponer “saber” más que los subordinados es lo que otorga el “poder”, atesorando su conocimiento al grado de no compartirlo con nadie. El verdadero líder no sólo debe ser humilde ante lo que sabe, sino debe saber aprovechar y mejorar las fortalezas de su personal, antes que tratar de subsanar sus debilidades.

Definitivamente, el conocimiento nunca sobra, a menos que no sea de utilidad. Se ha dicho que en nuestros días existe un acceso a la información como nunca antes se había pensado, gracias al internet.

Si no se aprende a tener un pensamiento crítico, fácilmente podemos creer que las termitas pueden perforar metales, que los insectos se transforman en súper-plagas de la noche a la mañana, que una cucaracha “vive” sin cabeza o que un insecticida es mejor porque se puede mezclar en mayor cantidad de agua. A veces datos como estos provienen de supuestas fuentes expertas tan elocuentes, que cuesta dudar de su veracidad.

Suponiendo que se ha librado el bache de la acumulación de información por parte del jefe y se busca una mejor capacitación del personal operativo, vale la pena preguntarse si es necesario que cada técnico sepa todo de todo. ¿Qué tan útil es que se aprendan el ciclo de vida en detalle de cada insecto, los cambios químicos y eléctricos de la transmisión nerviosa, los procesos metabólicos involucrados en la toxicidad de los plaguicidas, la cascada de la coagulación sanguínea relacionada con los anticoagulantes contra roedores o los diferentes mecanismos que resultan en la resistencia? Sí… y no. El punto no es saber mucho, sino poder aprovechar en el trabajo que se ha de realizar lo aprendido.

Existe un dicho popular que dice “aprendiz de todo y maestro de nada”, con lo que es posible decir que no siempre quien sabe de muchas cosas es una persona inteligente, pero también es cierto que quien tiene experiencia en más áreas distintas tiende a ser más competente. El conocimiento es útil siempre y cuando pueda ser aplicado, pero es irreal pensar que una sola persona pueda acumular y procesar todo.

La llamada “ley del menor esfuerzo” suele ser confundida con ser pragmático y el pensar que se debe actuar antes de pensar no es lo más práctico. También se ha malinterpretado el “principio de la parsimonia” o “navaja de Ockham” al afirmar que siempre la solución más simple es la correcta, cuando más bien se refiere a que debe ser la primera en considerar y evaluar. Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que existen dos formas de pensar, una rápida e intuitiva, y otra lenta y racional. Es cierto que hay momentos en los que es necesario tomar acciones casi inmediatas, es cuando el instinto actúa; el problema es cuando esto se hace una excusa y luego un hábito. El dar respuestas automáticas resulta más “cómodo” para la gente, optando por arriesgarse a la prueba y error.

La enorme cantidad de datos que pueden recibirse por las tan variadas fuentes disponibles hace que la capacidad de discriminación de la información realmente útil juegue un papel preponderante. La falta de análisis también lleva a la adopción de conceptos falsos, malinterpretados o fuera de contexto. Un ejemplo es la práctica común, pero equivocada, de identificar las especies de plagas por esquemas o fotos contenidas en manuales o libros que, aunque son útiles en sus conceptos generales, tienen una representatividad extremadamente limitada pues incluyen sólo a las especies más comunes. Hay quien piensa que sólo existen las tres o cuatro especies de cucarachas o roedores que ve en cada charla a la que asiste.

Un caso típico son el manejo de resistencia y la rotación. El fenómeno de la tolerancia a dosis de plaguicidas es real y, al desarrollarse una mayor variedad de sustancias, se amplió el abanico de opciones para contrarrestarlas, aplicándolas de manera intercalada según el mecanismo de defensa de la plaga. Debido a su extendido uso durante la primera mitad del siglo pasado, muchas empresas de control de plagas urbanas asumen equivocadamente que la rotación es una regla o norma, y la aplican sin ningún análisis que soporte su aplicación, combinando más marcas comerciales que ingredientes activos.

La inspección es otro aspecto que requiere de una buena capacitación y que, por la falta de entrenamiento en pensamiento analítico, se realiza de manera deficiente e incluso sesgada y, por lo tanto, inútil. Al igual que la rotación, es realizada más como requisito que como herramienta. Con ello resulta más cómoda la calendarización de aplicaciones de plaguicidas independiente de la inspección, en lugar de análisis de tendencias que, si se supone se presentan, suelen confundirse con simples reportes de incidencias en diferentes períodos de tiempo.

La “Office of Technology Assessment” de los Estados Unidos publicó un análisis sobre la evolución del control de plagas, haciendo una correlación inversa entre el conocimiento y el uso de plaguicidas. Esto es que a mayor y mejor conocimiento de plagas, menor es la necesidad del uso de plaguicidas. El control de plagas con sustancias químicas que afectaran su sobrevivencia o reproducción se ha aplicado por siglos, y aunque la resistencia a éstas fue descubierta a principios del siglo pasado (1908), los plaguicidas siguieron siendo la única herramienta a través de su incremento en dosis o la ya mencionada rotación. Mientras tanto, la ecología empezaba a desarrollarse y hacia los años 30 del siglo XX nace la sinecología o ecología de comunidades junto con el surgimiento, un poco después, del concepto de ecosistema, que ha permitido ampliar la comprensión de la relación de las poblaciones de las plagas con su medio.

La comprensión de la dinámica de las poblaciones plaga ha sido herramienta clave en el llamado MIP o Manejo Integrado de Plagas, que involucra además de las estrategias químicas, aquellas relacionadas con crear un ambiente hostil para la plaga, con estrategias físicas y biológicas, agregando después el aspecto cultural al incluir el factor humano. Muchos presumen usar técnicas basadas en el MIP e inclusive estas siglas llegan a formar parte del nombre de la empresa o de su publicidad; pero al revisar sus procedimientos se siguen encontrando cuadros de rotación y calendarios de aplicación de plaguicidas, dejando el resto de las estrategias en manos del cliente a través de recomendaciones generales.

Nuevamente el conocimiento se queda en los cursos sin aplicarse en la práctica, basando los planes de control o manejo de la fauna nociva en los productos químicos que consideran convenientes según el resultado de la labor de venta de los distribuidores o laboratorios. Como parte de las formas de pensamiento que son elementales es indudable que el aspecto matemático es clave. El usar números permite establecer medidas e indicadores, reduciendo la subjetividad. Desde la preparación de una mezcla insecticida hasta la elaboración del plan de negocio, las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones son necesarias, pero no siempre usadas correctamente. Es común que métodos tan simples como la llamada “regla de tres” sean desconocidos, así como otras técnicas como análisis de correlaciones o probabilidad y estadística.

Es por ello que no se usen debidamente los plaguicidas, se acepten sin cuestionamientos argumentos manipulados o datos parciales, comprando los productos que “rinden más” o “son más baratos”, o no se definan estrategias de promoción y ventas realmente efectivas, más allá de intenciones o mercadotecnia.

Las tendencias globales se mueven rápidamente hacia la necesidad de que la persona o empresa dedicada al control de plagas pase de ser un aplicador de plaguicidas, que se refleja en los nombres con los que son conocidos como “fumigador” o “dedetizador”, a un auténtico consultor MIP profesional para sus clientes. Es urgente también que el director establezca sistemas de gestión que le permitan organizar mejor las responsabilidades de sus recursos humanos y materiales, otorgando empoderamiento a su personal y desarrollando una verdadera competencia laboral basada en planes de capacitación, evaluados y actualizados, rediseñando además su estructura con especialistas en inspección, ventas, análisis de tendencias, asesores y, aún, aplicadores, en lugar de personal multifuncional o “milusos”.