Desde que Kimura y Hotta aislaran a su agente causal en 1943, la investigación y el estudio del dengue han sido desarrollados bajo las miradas mecánicas de los paradigmas positivista y neopositivista, que privilegian la concepción biomédica de la enfermedad (constituida fundamentalmente por elementos de naturaleza biológica), y ensayan explicaciones epidemiológicas basadas en la construcción de relaciones lineales entre sus componentes. Sin embargo, el amplio conocimiento científico logrado por las ciencias biomédicas y la salud pública, y los indiscutibles avances técnicos y tecnológicos producidos a par-

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tir de esta forma de entender el dengue, no se han traducido en una disminución constante y progresiva de su carga epidemiológica. Quizás una explicación de esta inconsistencia pueda ser encontrada en la reflexión del investigador brasileño Milton Santos, quien sostiene que la heterogeneidad de las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales de una población humana modula los recorridos y los énfasis con que se distribuye la enfermedad. Esto permite entender los patrones diferenciales de exposición y de vulnerabilidad entre los grupos y sujetos sociales. Así, la aparición de la enfermedad no es un hecho en razón de factores al azar, sino el

resultado de un intrincado proceso en el que los contextos de pobreza, como limitantes de las lógicas estructurales y funcionales de la población que los sufre, juegan un rol sustancial en el modelo de ocurrencia de la infección. En América Latina, las poblaciones con expresiones urbanas y periurbanas asociadas a precarias condiciones de vivienda, deficiente abastecimiento de agua por red, hacinamiento, bajos niveles educacionales, malas condiciones sanitarias e inserción inestable en el aparato productivo, conjugan determinantes de vulnerabilidad al dengue que no se deben soslayar.