Desde que Kimura y Hotta aislaran a su agente causal en 1943, la investigación y el estudio del dengue han sido desarrollados bajo las miradas mecánicas de los paradigmas positivista y neopositivista, que privilegian la concepción biomédica de la enfermedad (constituida fundamentalmente por elementos de naturaleza biológica), y

ensayan explicaciones epidemiológicas basadas en la construcción de relaciones lineales entre sus componentes. Sin embargo, el amplio conocimiento científico logrado por las ciencias biomédicas y la salud pública, y los indiscutibles avances técnicos y tecnológicos producidos a partir de esta forma de entender el dengue, no se

han traducido en una disminución constante y progresiva de su carga epidemiológica. En términos del control de su vector, el Aedes aegypti, los programas orgánicos nacieron a finales del siglo XIX bajo el paradigma fundacional del ordenamiento vertical de las acciones de lucha contra la malaria y fiebre amarilla.

Ambas enfermedades se habían adueñado del centro de atención de los imperios de aquel entonces merced a la necesidad de proteger a los soldados y trabajadores estacionados en las colonias de África, Asia, Oriente Medio y América. Lo cierto es que sobre la base de este modelo, concebido y adaptado a la idiosincrasia de las tropas de ocupación (y aquí se entiende su raigambre militar), irrumpieron en el escenario sanitario de principios del siglo XX las construcciones programáticas para control del vector dominadas por rígidas organizaciones encabezadas por comandos centrales. Sus acciones se vertebraban bajo la convicción de que la tecnología de erradicación estaba disponible y de que el éxito dependía de la aplicación meticulosa de los procedimientos establecidos. Es así como, desde sus comienzos, los costos de operación y gastos de inversión para el mantenimiento de estos programas fueron insosteniblemente elevados, debido al uso de métodos de control que privilegiaron altas coberturas, principalmente con insecticidas. En esta misma línea, décadas después, la incorporación posterior de otras acciones como la eliminación física de criaderos y la aplicación de larvicidas siguió la misma lógica. Esto explica en parte por qué todo lo intentado hasta el presente solo ha tenido un impacto limitado y temporal en la prevención del dengue, ya sea por poco eficaz o porque su cobertura fue limitada. Pero, además, en la actualidad, desde diversos sectores, hay un reconocimiento creciente acerca naturaleza multidimensional de la vigilancia y control del Aedes aegypti, que contempla en su caracterización un complejo entramado de aspectos socioculturales, políticos, biológicos, ambientales y sanitarios en permanente interacción. Esto permite entender los patrones diferenciales de exposición y de vulnerabilidad entre los grupos y sujetos sociales. Así, la aparición del dengue no es un hecho en razón de factores al azar, sino el resultado de un intrincado proceso en el que los contextos de pobreza, como limitantes de las lógicas estructurales y funcionales de la población que los sufre, juegan un rol sustancial en el modelo de ocurrencia de la infección. Una mirada anticipatoria en este sentido fue desarrollada, décadas atrás, por el intelectual brasileño Milton Santos, quien sostuvo que la heterogeneidad de las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales de una población humana modula los recorridos y los énfasis con que se distribuye la enfermedad. En América Latina, las poblaciones con expresiones urbanas y periurbanas asociadas a precarias condiciones de vivienda, deficiente abastecimiento de agua por red, hacinamiento, bajos niveles educacionales, malas condiciones sanitarias e inserción inestable en el aparato productivo, conjugan determinantes de vulnerabilidad al dengue que no se deben soslayar. Por estas y por otras razones, muchos de los paradigmas históricos se han hecho trizas en los últimos cinco años. El requerimiento de superar los enfoques clásicos es evidente, y resulta

cada vez más contundente la necesidad de vertebrar las acciones sobre concepciones que abandonen las fórmulas fáciles, o estereotipadas, que proporcionaron explicaciones satisfactorias acerca de la ocurrencia de las enfermedades vectorizadas por Aedes aegypti, y orientaron dogmáticamente el rumbo de las acciones, pero, por supuesto, no resolvieron el problema. Los nuevos modelos han iniciado una profunda y elogiable reflexión, no despojada de una velada y retrospectiva autocrítica, sobre los modos de ponderación de las tensiones generadas por dimensiones y fuerzas que interactúan y definen la conformación de los escenarios en los que el dengue tiene lugar. Hallar vínculos entre en el mosaico de variables que definen los patrones de transmisión en cada circunstancia local es el próximo reto. Esto permitirá identificar las porciones territoriales con mayor riesgo epidemiológico-entomológico para concentrar en ellas intervenciones integrales de prevención y control. Los intentos del ser humano por hacer frente con acierto al dengue están a punto de ingresar a una nueva etapa. Solo el porvenir conoce sus resultados.